EL ENCANTO DE QUÍBOR.
Por Alejo Carpentier (Tomado de “El Nacional”) Fecha: 23/09/1952.
Flanqueada por una carretera moderna, situada a veinte minutos de un gran centro urbano, la ciudad de Quíbor tiene la virtud de conservar a lo largo de los años su pulso y su carácter. Pueden rozarla, diariamente, las ruedas de millares de vehículos, pueden rodearlas las inquietudes de estos tiempos, sus calles conservan la misma placidez, la misma calma sosegada de siempre. Clara, de cúpulas relumbrantes bajo uno de los cielos más luminosos de Venezuela, la iglesia, de puertas laterales siempre abiertas, se encuentra como apretada entre dos parques que, más que parques, son dos jardines increíblemente frondosos cuyos chaguaramos entrecruzan sus hojas, en lo alto, como nervaduras de ojivas. Las casas que dan a la plaza, con su empaque colonial, dan la impresión que el tiempo se hubiera detenido en algún año del siglo XVIII. Varias calles han quedado con sus pavimentos antiguos, y algún campesino de sombrero negro, arreando sus borricos, añade una silueta castellana o extremeña a la sinuosa perspectiva de portones claveteados, de sobradillos y aleros musgosos.
Todo es claro, todo es limpio, todo es alegre, en Quíbor. Los rótulos de los comercios, aparecen pintados en caracteres floreados. Las paredes encaladas de blanco, en amarillo, en azul añil, intuyen, al sol, los conceptos decorativos de ciertos arquitectos modernos.
Cada patio, entrevisto al paso, luce sus tinajas y tinajeros a la sombra de los granados. En medio de la aridez circundante, la ciudad entera tiene frescura de vergel. Y en los soportales interiores, el amparo de la teja, se conservan las hermosas técnicas de una artesanía antigua.
Porque Quíbor es ciudad de artesanos. Desde Don Severiano, el tactor de muebles, que adorna el cuero de sus sillas con dibujos siempre distintos y se jacta de haber heredado “la manera de trabajar los españoles” hasta los alfareros que pintan sus alcarrazas con resinas de cocuiza, innumerables personas, en la villa, conocen aún la alegría –perdida en las ciudades de grandes fábricas- de acariciar el objeto acabado, y de deleitarse de su contemplación, antes de venderlo. En cada tienda de la calle de comercio ríen los colores de las mantas, con sus listas verdes, amarillas, encarnadas, que hacen pensar en el vestido de los arlequines de Picasso. Hay alpargatas cuyo tejido trae como remembranzas geometrías indígenas; hay grandes sombreros pajizos junto a las cestas, y de las paredes cuelgan cabezas de adornos para los borricos que esperan pacientemente en las esquinas –o bajo el rótulo de “La Fe en Dios”- pintando sobre el piso la sombra de sus largas orejas.
En esa misma calle del comercio, me detengo ante un zaguán que parece el de una venta de otros tiempos. Un soporte de columnas encaladas, con sus pesebres de madera vieja, conduce, a un pasillo donde se destacan, sobre la luminosidad de traspatio, las siluetas de dos mozas que se cosen pacíficamente, sentadas en taburetes, en medio de un gran desorden de tinajas. ventrudas. … Y la asociación de ideas a que invita la estampa doméstica, invariada desde hace cuatro siglos, trae a la memoria la frase literaria más famosa de nuestro idioma: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…”
FUENTE: Alejo Carpintero. Diario El Nacional, Caracas. Fecha: 23/09/1952
Alejo Carpentierfue un escritor cubano y francés que influyó notablemente en la literatura latinoamericana durante su período de agosto.
Fotografía: Plaza Bolívar de Quíbor Año 1940. Fotografía recuperada y coloreada por programas de fotografía.
Edición y publicación: Bernardo Abreu.
Créditos:
Junta de Patrimonio de Quibor
